Sara Astica, una mujer de teatro
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Una mujer como Sara Astica deja con su vida y con su obra, una huella indeleble en nuestra memoria. Un hálito, un clima afectivo intenso. Un efecto del que ninguno sale ileso, y del que todos nos percatamos. Tanto sus seres queridos más allegados, como también muchas otras personas, que como en mi caso, fuimos menos cercanas, pero que igual logramos, en breves y específicos contactos, percibir y valorar la calidad humana y artística de Sara. Descubrirla como un ser especial, al que había que mirar, y escuchar atentamente. Y no porque hiciera mucho aspaviento, o alardes, sino por cómo existía cotidianamente, como actuaba ante la vida y cómo convivía con quienes le rodearan.
Después de tener la experiencia de compartir con alguien así, uno suele ponerle etiquetas a dicha conducta prototípica, (quizás por el afán humano por describir, justificar, o juzgar constantemente las cosas) Así nombramos todas estas cualidades con palabras como: "humildad, entrega, pasión, capacidad de asombro, de compasión y solidaridad con el otro, capacidad de escuchar, de simpatizar, etc.". Quizás Sara sintetizaba todo esto en una mezcla, indecible en etiquetas. Lo cierto es que ella se fue ahora, y nos queda la riqueza de todo lo que nos legó, todo el caudal de actos que junto a su entrañable pareja Marcelo Gaete, nos dejan como una herencia que sin duda nos marca a todos los que los conocimos. Para quienes disfrutamos de Sara, como profesora, colega, actriz, compañera de proyectos, amiga, su partida es irremplazable. ¿Quien no recuerda sus interpretaciones en tan numerosos montajes: en el "Loco y la Triste", "Un largo viaje del día a la noche", "Buenas Noches, mamá", "Pareja Abierta", etc.? Uno se siente afortunado de haber conocido a alguien con semejante calidad artística y humana. Y uno siente que al escribir algo así no está mintiendo, ni exagerando ni siendo demagógico o cursi. Fue así con Sara Astica. Con ella uno entiende, que más allá de teorías, doctrinas, mitologías, propaganda, venta de imágenes, de servicios a instituciones, causas o ideologías, están las personas concretas, de carne y alma, tomando decisiones cotidianas sobre nuestra coexistencia contradictoria y delimitada, por los asuntos que nos tocó enfrentar en esta vida a cada uno. Porque con Sara se diluían los esquematismos, las fronteras, los encajonamientos y sobresalía el amor, el esfuerzo, la entrega, la ternura, la solidaridad, igual en un ensayo, en horas extra de clase con un estudiante, y por supuesto sobre las tablas de cualquier escenario. Escribo esto porque esta mujer me inspiró el mayor respeto y admiración como una actriz, profesora, y artista de teatro completa, y que me hacía sentir que su arte provenía de una coherencia con su confrontación personal con la vida. Escribo esto pensando en contribuir a resaltar en la memoria colectiva su especial presencia. Y también para expresar sentimientos y pensamientos que nunca le comuniqué a ella tan abiertamente. Y eso a uno le pesa un poco cuando alguien tan valioso se ha ido. Por ello quienes consideramos que nos preocupamos por las artes escénicas en el país, deberíamos pensar más en los artistas concretos, y cuidar de que muchas veces en planes, estructuras, organigramas, no falte ese contacto con el ser humano singular. Por todo esto, he querido dedicar esta columna a esta irremplazable mujer de teatro: Sara Astica. |



